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De pesca a Tandayapa
Texto y fotos: Juan Carlos Moya (Artículo Cortesía Revista Q No.38 / Mayo 2013)
La pesca deportiva es una actividad que nos pone en contacto con la naturaleza en Tandayapa
Señalo con el dedo en el mapa de caminos: «Tandayapa», un pueblito subtropical ubicado al noroccidente de Quito, a una hora y media, yendo a velocidad de paseo. Para llegar allí, tomaré ruta hacia La Mitad del Mundo y luego la carretera Calacalí - La Independencia, vía a los Bancos.

Tandayapa: pescar una trucha, servírmela a la parrilla, subir al teleférico, caminar entre la fronda húmeda y los colibríes, arrullado por el agua del río. Allá voy. Amanece. Mochila, zapatos de baja montaña, sombrero y subo al jeep. Acelero por la Avenida Occidental. Calculo mi llegada antes de las ocho.

Registro admirado, y con gozo sabatino, el cambio de geografía y clima cada diez o quince minutos de camino: Quito y sus orillas desbordan contornos disímiles, colores que matizan el paisaje. Así, tras la grisura de una llovizna en la avenida América me hallo ya bajo el sol opaco y polvoso de la Mitad del Mundo.

Recuerdo a Apache, el perro de un viejo y querido guardabosques. Habría dado todo por traerlo, sin su collar, para que vaya con la cabeza y orejas al viento por la ventanilla mirando, como yo, los cerros pálidos, ese desierto flanqueando la ruta, el polvo que se pega al parabrisas.

Al llegar a Calacalí, dominios de Carlota Jaramillo, 'La Voz Inolvidable' se me antoja cantar mientras no dejo de ver el horizonte: «Qué distintos los dos, tu vida empieza. Y yo voy ya por la mitad del día. Tú ni siquiera vives todavía y yo ya de vivir tengo pereza». No hay radio en el jeep. Se vale cantar y el paisaje ayuda.

Metros más adelante, se encuentra ya el peaje. El paseante debe recordar guardar su recibo y no arrojarlo por la ventanilla del auto. Es parte de su seguro vial.

Entonces el camino se torna serpentino. El viento frío de la Sierra es todavía compañero y encima de las altas cumbres macizas las nubes corren hacia el oriente. Viajar hacia el subtrópico, dejando atrás la algazara de Quito, el destemplado estrépito de la ciudad, es refrescante, pero ante todo: es un privilegio poder cambiar de pisos climáticos y geografías a tan poca distancia y tiempo de camino. Cada vez que guío a amigos foráneos, ellos no salen de su asombro y más de una ocasión, piensan que han cruzado el portal de una dimensión paralela. Desde luego, yo les acoto: así es Quito.

Todavía es temprano y el sol ya engorda entre la fronda subtropical. El verde se impone a la vera del camino y de pronto ya la humedad se respira como bálsamo. Vetas verdes, amarillas y naranjas que se mueven como espejos de luz sobre las montañas. Atrás, muy atrás, ha quedado la subida de Pucará y extraño no haber parado a beber sangría, buena para la sed del viajero.

A pocos minutos de Tandayapa, ideal para desayunar, se hallan el paradero y reserva 'El Pahuma' y más adelante el célebre café Armadillos. Tanto el uno como el otro son pródigos en desayunos donde la carne estofada o la trucha con arroz y café son suficientes para agradecer el fin de semana.

Tandayapa a la vista
Kilómetro 54: Tandayapa, llamado como 'El paraíso del pescador', se abre luego de un camino de herradura (antigua ruta a Nono), de fácil acceso, y desde un inicio los que deseen pueden saborear un jugo de caña de monte, rodeados de colibríes y orquídeas.

Abajo, entre los matojos y arbustos, desde el fondo del precipicio, se escucha el rumor del río saltando sobre las piedras. Después de pasar la reserva de los Yumbos, cuya cascada natural deja una leve espuma y aguas cristalinas, se llega finalmente a nuestro destino. Tandayapa es como un refugio que se va abriendo, abajo, junto al río, entre los árboles y la neblina. Se dice que el pueblo está a 1600 metros de altura. Y todavía pertenece a los Andes, pero hay una cosmética que nos remite a la Amazonia. Es el oxígeno también, sereno y puro, que acoge y sosiega.

Chispea y sale el sol. Me gusta sentir las gotas de agua en la cara. Quizá bordeamos los veinte grados centígrados. Y detengo el jeep junto al puente, sobre el río. Un coro hecho de sapos y el chasquido del agua me desconecta y al mismo tiempo que respiro, soy bendecido con una lluvia de mariposas amarillas que corren detrás de un hombre, «cien años de Tandayapa», pienso con una sonrisa.

Junto al río, en casetas de picnic, las familias preparan asados de pollo o tilapia con patacones y ají criollo. Es fácil ver como el hombre hace de su medioambiente su casa. De las cabañas, hay tres o cuatro, salen sonrientes un grupo de alemanes y suecas, cuyos pelos amelcochados resaltan debajo de las diminutas flores rojas, al ingreso. Allí el ejecutivo o el viajero puede trasnochar y hacer suya la luna de Tandayapa y esa calma inquietante que es propia, aquí, del bosque montano y nublado.

El teleférico y la laguna
Estaciono el jeep junto al restaurante, hay mucho espacio y veo a los madrugadores jugando un partido de ecuavoley. Resisto el apetito ante el olor de la trucha asada que se desprende tanto de las áreas de picnic como del salón. Un grupo de chinos devoran los platillos entre sonrisas. Compro un boleto y me embarco en el Teleférico para navegar sobre las nubes.

A cientos de metros de altitud, desde una silla de plástico, observo el paisaje: abajo la laguna, las copas de los árboles, el vapor subtropical que hace pensar que todo esto es un sueño brumoso. El Teleférico tiene siete años y trescientas personas lo toman por semana. Mientras dura el viaje se puede vislumbrar, muy abajo, las carreteras amarillas arrastrándose como serpientes entre las montañas. En pocos minutos, niños y familias, gastan adrenalina.

Al llegar a la estación, empieza la aventura de los senderos naturales. Las pantorrillas se ponen a prueba al subirla pendiente de gradas y luego los senderos se retuercen caprichosamente entre el bosque mojado y el ruido de las lagartijas corriendo sobre las hojas del mismo color de su piel.

Gota a gota se construye la sinfonía interior de este lugar. La sensación de estar perdido entre tanta vegetación no es extraña. Los pájaros de distinto plumaje y tamaño se asustan con los nuevos visitantes. Llegar a los miradores es asunto para corazones fuertes y ejercitados en el deporte. Pero desde ahí, la vista es colosal.

Trucha a la parilla
Cansado, sí; satisfecho, también. Desciendo del Teleférico ya casi al mediodía, junto a la laguna. Hora de almuerzo. Hay que comer y para ello: pescar. Así que tomo una caña y me sumo a la diversión con los otros turistas, a la pesca deportiva: esto quiere decir que todo está hecho para que nadie se quede sin su trucha. Hay cientos de ellas y están nadando a ras del agua. Esperando la carnada. La pesca deportiva está diseñada especialmente para el solaz en familia, y también para los ejecutivos estresados, que de Quito llegan muchos. El paraíso del pescador tiene ya diecisiete años de vida turística. Allí la mente se cura, se relaja.

Las truchas que pican pesan hasta tres kilos y medio. Y salen del agua coleteando con fuerza. Y a mi turno, apenas lanzó el hilo y el anzuelo, ya pica una. Y está grande. «¡Quieta trucha!» le grito.

La llevo hasta una pequeña caseta y de allí el pescado es llevado a la parrilla del salón. Aquí se vende trucha al vapor, al carbón, a la plancha y ceviche de trucha. Estos deliciosos platos se pueden acompañar con un jugo hecho con frescos limones agridulces de la zona. Otro plato ligero es el conocido como papitrucha, elaborado con chicharrón crocante de la piel del pescado y papas fritas bien doraditas.

Pido una taza de café y mi trucha a la parrilla llega desbordando el plato, con papas fritas y ensalada. Luego de comer, limpio las gafas de mis anteojos y me dispongo a ver como atardece. A lo lejos las cabañas se bañan en risas y destellos de sol. Pienso, por qué no, quedarme a pasar la noche en Tandayapa. Mañana, a primera hora, levantaré el vuelo a otro punto turístico. Están invitados, todos, a acompañarme. El viaje recién empieza. Alisten, pues, cámara y sonrisa. Hasta la próxima.
Los senderos permiten recorrer la vegetación por dentro, el acompañamiento de guías conocedores enriquece el paseo
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