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Chimbacalle: la puerta del sur
Texto: Gabriela Balarezo / Fotos: Martín Jaramillo (Artículo Cortesía Revista Q No.35-36 / Febrero/Marzo 2013)
El ecuavoley no puede faltar en un barrio tan tradicional
¡Bienvenidos todos! En pocos segundos, si acaso minutos, iniciamos el tour mental por uno de los sectores más representativos de la urbe quiteña.  Ocupen sus puestos y afinen sus sentidos, que empezamos (calladito, todos los datos que acá encuentren, casi todos, me los da el señor Fernando Mora, vecino conocedor de su barrio y de su historia).

Como en cualquier recorrido, no está de más, retroceder “algunitos” centenares de años y relatar ciertos sucesos históricos que precedieron la consolidación de Chimbacalle.
Por el Quito de la época Inca pasaban los cuatro caminos principales de la red vial, el Cápac Ñan. Uno de ellos y acaso el más importante fue Collasuyu, que se dirigía al Cuzco. Esta ruta salía de la plaza Inca, que corresponde en el presente a la Plaza Grande, pasaba por lo que ahora es la Plaza  Santo Domingo y continuaba por la actual Av. Maldonado hacia el sur. Al llegar al sector conocido en ese entonces como Pillcocancha viraba, siguiendo el trazado de la actual calle Allpahuasi y el viejo camino que llevaba a Los Chillos, hacia las lomas de Puengasí...

Pillcocancha, en tiempos de la Colonia fue renombrado como San Juan de Machángara y con la llegada de la época republicana, es denominado finalmente Chimbacalle. Teniendo en cuenta que chimba significa “al frente”, por deducción Chimbacalle se traduce como “calle de enfrente”, correspondiendo nada más y nada menos, por contexto histórico, a esa antigua vía Inca rumbo al Cuzco.

Ahora, siglos más tarde, la avenida Maldonado es una de las principales vías movilización por el sur de la ciudad, y bordea a la parroquia urbana de Chimbacalle. Esta era, durante las primeras décadas de 1900, la ruta del tranvía que desembocaba al norte en la avenida Colón. Es también, por cierto, el punto de inicio de nuestro recorrido.

Siguiendo por la Maldonado, después de pasar el Río Machángara y las estaciones Jefferson Pérez y La Colina del Trolebús, se observa a mano derecha (en sentido norte sur), descansando en la cumbre de un altísimo talud de piedra, la arquitectura particular de lo fueran en cierto tiempo las instalaciones de la fábrica La Industrial.

Estas edificaciones fueron readecuadas y acogen hoy al Museo Interactivo de Ciencias (MIC). Sin embargo, gracias a que existe una exposición permanente denominada Museo de Sitio, aún se conserva la memoria de la que era una importante fábrica textil: las paredes de ladrillo rojo y las vigas de eucalipto que sostienen el techo  son originales de la fábrica. Quedan, también prácticamente intactos, algunos implementos del área administrativa: escritorios con máquinas de escribir y teléfonos sobre ellos, además de unos cuantos sillones de foro negro.

Pero las estrellas de este espacio son sin duda los casi cien  telares distribuidos en varias hileras, la maquinaria especializada con que contaba La Industrial. Es de notar también, el intenso frío que se siente al recorrer los pasillos de la extensa edificación, así como la simulación del sonido emitido por los telares en funcionamiento, que resuena de vez en cuando.

Este escenario y características particulares conforman el patrón común de las fábricas textiles que florecieron en Chimbacalle después de la llegada del ferrocarril. Como La Industrial existían en el sector manufacturas del mismo estilo, como La Internacional, separada de la primera sólo por la Maldonado y cuyas instalaciones las ocupa ahora el Colegio Quito. Con menor presencia, pero fundamentales para el desarrollo comercial de la zona, existían también la González Artigas y las Hilaturas Pinto.
Casas multifamiliares tipicas de la zona
Así se va mostrando poco a poco la identidad obrera de Chimbacalle, que fue inicialmente detonada por un acontecimiento enorme: la llegada del ferrocarril a la capital. Con el paso de los años, la asociación de Chimbacalle con el ferrocarril se volvió obligada en el imaginario de la ciudad, que los vinculó como una sola cosa.

Con esta idea en mente, avancemos en el recorrido hasta la calle Sincholagua, donde confluyen tres símbolos fundamentales de la parroquia: la Estación del Ferrocarril, los Molinos Royal (que dominan la vista panorámica, no sólo de la zona sino del Sur enterito) y la entrada de la antigua factoría La Internacional.

Por muchos es conocido que la Estación del Ferrocarril estuvo abandonada por un largo periodo, a partir de que en 1975 se iniciara la decadencia del tren en Ecuador. Esta situación se mantuvo hasta los primeros meses del 2008, año en el que entró en un proceso de rehabilitación.

Si bien casi 70 años siendo “sede quiteña” del Ferrocarril significaron progreso económico y surgimiento masivo de la clase obrera para Chimbacalle, el abandono del mismo redirigió estos beneficios hacia otras zonas de la metrópoli. Ahora la rehabilitación del tren quizás le dé un nuevo sentido a lo que  antes representaba la estación para el sector.

Basta con una breve inspección a la Estación para entenderlo. Pasando el lobby, hacia el tramo de embarque, nos topamos con la Sala de Espera N° 1. Esto es sólo verdad para un visitante cualquiera, porque un morador de cepa sabe que “en tiempos” fue la Sala del Telégrafo y sabe también que ciertos cuartos que ahora funcionan como cafetería o salas de exhibición eran bodegas. Son cambios necesarios porque el Chimbacalle obrero de los “años de oro” está en vistas de ser sustituido por un Chimbacalle Turístico.

Después de esta pausa informativa el recorrido continúa. Avanzando por el rastro obvio de las rieles del tren, de espaldas a la Estación, un espacio abierto para parqueadero precede a un edificio blanco con dos escalinatas de piedra a la entrada. Lo identifica un letrero ilegible. A mano derecha una casa de arquitectura y extensión singular salta a la vista. En su pared exterior se lee el nombre de la calle: Tomebamba, por donde llegamos a la entrada principal de un ícono cultural del sector.

Nuevamente tres símbolos parroquiales convergen en uno de los barrios más representativos de la parroquia, la Ciudadela México, mejor conocida como La México, a secas. El primer edificio fue el Comedor Obrero y ahora acoge a la Asociación de Personas Sordas de Pichincha. El segundo es la fábrica de sombreros Yanapi, una de las pocas que no sucumbió junto con las textileras con la decadencia del Ferrocarril Ecuatoriano y, además, cuenta con mano de obra oriunda de la zona.

Subiendo por la Tomebamba hasta la Antisana, está la entrada del Teatro México, que hace algunas décadas era el increíblemente popular Cine México. El nombre hacía referencia al origen de las películas que proyectaba. La rehabilitación del Teatro, a cargo del Fondo de Salvamento del Municipio tras años de abandono, resultó en uno de los mejores centros escénicos del país, con una acústica excelente.

Luego de esta parada, el “tour” sigue la pendiente de la Tomebamba hasta el cruce con la Pululahua. Se distingue un conjunto arquitectónico, de casas idénticas, todas pintadas de amarillo pastel, con puertas y ventanas iguales. Estas casas fueron los primeros multifamiliares erigidos en la capital, patrocinados por el Seguro Social: la primera construcción de vivienda social, que luego se proyectó hacia otros barrios de Quito. Estas casas, además, aparecen en la película “Ratas, Ratones y Rateros”, de Sebastián Cordero.
Los vecinos comparten un día ameno y relajado
Avanzando con paso rápido, porque el tiempo corre y quedan aún algunas calles por recorrer, llegamos hasta la Plaza de Chimbacalle. En este lugar se encontraba la única toma de agua de la parroquia y aquí se instalaba el Mercado. Era el centro mercantil, hasta la construcción en 1978 del Mercado Metropolitano de Chimbacalle, a pocos metros (Pasochoa y Sangay). En el presente los moradores concurren a la Plaza mayormente los domingos, cuando acuden a las dos Iglesias del sector: una tradicional y otra más moderna.

Tan cerca de la Sangay, es obligado llegar al cruce con la Alpahuasi, conocido como la Esquina de Chicago, por los artistas y bohemios que solían reunirse allí. Continuando la ruta, a pocos pasos sorprende encontrarse un parque común y corriente en el que se erige un pedestal carente de estatua, monumento levantado en honor al “Hombre Invisible”, según lo ha nombrado el humor de los vecinos de en Chimbacalle.

El recorrido casi acaba, pero no sin antes develar una que otra cuestión significativa de la identidad de Chimbacalle. Casi sobre la Av. Napo y frente a la Av. 1 de Mayo, tributo a la naturaleza obrera del sector, coinciden otros lugares simbólicos del territorio.
El más relevante es, probablemente, el Estadio “Eloy Alfaro” o Estadio de Chimbacalle. En el pasado fue sede de equipos como el Atlanta, Puebla y Chacarita, que por un tiempo jugaron en las primeras divisiones del fútbol nacional y que luego de fusionarse, descendieron y desaparecieron.  En este escenario deportivo entrenan los chicos de una de las Escuelas de Fútbol del Club Deportivo El Nacional y se juegan los partidos de la Liga Deportiva de Chimbacalle.

Evidenciando el interés de los habitantes de este sector del Sur por los deportes (sobre todo aquellos en los que la lucha y la bravura están implícitos), existe también un gimnasio combinado de boxeo y taekwondo (de la Concentración Deportiva de Pichincha), que fue adaptado en el espacio que originalmente era una piscina.

Es recomendable detenerse en las canchas ubicadas junto al gimnasio para presenciar (todos los días, a partir de las tres de la tarde) magistrales partidos de ecuavoley, siendo que a Chimbacalle se la conoce como la “universidad” en Quito de esta disciplina (y hay hasta quien afirma que aquí se inventó el tres contra tres).

Finalmente, después de un largo recorrido por estas laberínticas calles sureñas, viene el merecido descanso (con su respectiva recompensa) que no podía ser en otro lugar que en Las 5 Esquinas, paraíso de la alimentación popular. Este viaje mental culmina así, con el sabor de un deliciosísimo morocho en la boca (los originales de Chimbacalle son los del local de doña Ligia) y con el pensamiento de que este sector capitalino no es sólo eso, es un micro universo, un micro hábitat en el que la historia y la tradición no se olvidan, viven y palpitan en cada calle.
Una breve historia de las calles de Chimbacalle
Hubo un tiempo en que Chimbacalle, en toda su extensión, tenía una única toma de agua. Vecinos y moradores de un barrio en particular, se reunieron y elevaron una petición a quien fuera en ese entonces el alcalde del Cabildo Municipal, el Conde Jijón y Caamaño. Éste, escuchando sus quejas, les prometió una solución inmediata: a partir de la siguiente semana tendrían agua en su barrio. Y así lo cumplió: el día prometido mandó a trabajadores del Cabildo, a lo que ahora es la Ciudadela México, a colocar en las calles (como parte de la nomenclatura) los nombres de distintos ríos del país.

El rumor de que ya había agua en La México, llegó a los oídos de los vecinos del barrio aledaño, que elevaron también una petición. Nuevamente Jijón y Caamaño les hizo una promesa que cumplió con prontitud: a partir de la siguiente semana tendrán tanta agua en su barrio que desembocará en el barrio conjunto. Por todas las calles del barrio Los Andes, tienen nombres de elevaciones del Ecuador.
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