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Alguien cambia las sábanas después del amor
Texto: Pablo Tatés Anangonó / Fotos: César Morejón (Artículo Cortesía Revista Q No.47 / Febrero 2014)
Una tropa de hombres y mujeres trabaja en los ocultos hoteles destinados al deseo furtivo
Una de las almohadas quedó a filo de la cama, dando la impresión de estar extenuada por el intenso placer que un par de manos le ha transmitido al estrujarla. Las sábanas y su tibieza, a punto de deslizarse fuera del colchón, son vestigios perfumados de lo que allí acaba de ocurrir. El desmembrado resto del sobre de un preservativo, en el piso de la habitación 15, yace bajo la cama como la ceniza que queda luego del fuego.

Cuando las brasas amainan, pocos instantes luego de que ha salido la pareja, Gloria entra, armada de guantes y desinfectantes. Tiene seis minutos para borrar las huellas de la pasión ajena. Uno a uno debe retirar los vestigios, mientras procura no pensar en las circunstancias amatorias y gimnásticas que se fueron quedando sobre el colchón, el piso, las almohadas, los veladores…
Generalmente en muchos moteles, cada habitación tiene un diseño temático distinto
No ha pasado ni un minuto desde que la última pareja ha pagado la cuenta y ha bajado al garaje de la habitación, a esperar que el guardia reciba una orden para abrir la puerta lanfor. Nadie conoce su identidad. En eso consiste el espíritu de este negocio. Su razón de ser. Da lo mismo si eran una pareja de servidores públicos que buscaban escapar de la rutina deshumanizante, o un futbolista aburrido, o una famosa de televisión.
Gloria revisa si hay consumos que el cliente no ha registrado en la cuenta o si las consabidas acrobacias del salto del tigre o el trampolín del piojo han dejado algún destrozo. Algo bastante improbable pues las camas aguantan lo que sea. Su base es de cemento.

Pero entre todos los empleados de limpieza del Tantra Love Hotels, en el norte de la ciudad, Silvia es la dura, reconoce Mauricio López, administrador de uno de los dos establecimientos. Ella ha desarrollado un instinto infalible para detectar los detalles de lo que acaba de pasar, no en el sentido sexual, sino en el de las consumisiones. Ella va directo hacia el pequeño bar de la habitación. Si no se ha tocado nada, deben estar exactamente 21 productos. Los cuenta rápido. Se asegura de que no estén rotas las tapas de agua, colas y bebidas energizantes, pues no ha faltado el sediento de amor, que luego apagar sus instintos bebe el agua embotellada y luego llena el envase plástico con agua del grifo para ahorrase algún dólar.

Las fundas de papas y otros snacs también deben ser cuidadosamente revisadas. Parece mentira, pero ha habido quienes se comen el contenido y rellenan la funda con papeles periódico. Alguna vez también alguien quiso llevarse las sábanas o las almohadas (cuyo grosor y textura es particular del establecimiento). Pero Silvia, quien lleva tres años en este trabajo diario, es experta en detectar estos sutiles hurtos.

Si todo está en orden, Silvia comunica por radio que todo está bien, la puerta lanfor se abre, el auto sale y ella dispone del resto del tiempo para limpiar la habitación. Frente a la cama, en la que pueden caber perfectamente hasta cinco personas, está el baño con un vidrio panorámico que permite ver y desear a la pareja mientras se ducha. Silvia también debe revisar que el cristal no tenga fisuras, pues la ducha está diseñada para llamar al deseo y al desenfreno. Pero el vidrio bien puede pagar las consecuencias de la pasión desbordada.
Las sabanas de las habitaciones se cambian 180 veces por día
Cambiar sábanas debe ser uno de los negocios más rentables de Quito. El Tantra cambia de sábanas 180 veces por día en sus 34 habitaciones. Dispone de más de 300 juegos de sábanas y 700 de toallas. Tanta demanda se debe, por supuesto, a que la población de la ciudad creció, pero también a que la cultura de los quiteños también ha evolucionado y se ha transformado. Mauricio sostiene, con los números y las sábanas en la mano, que los habitantes de la ciudad ahora son más libres de inhibiciones. Del mismo modo, los establecimientos han dejado de ser un sitio subrepticio solo para el amor furtivo. Ahora ahí también se organizan aniversarios de bodas y hasta se han realizado pedidas de mano, jura el administrador.

Por dentro, un motel se parece a un conjunto habitacional. Eso sí, sin triciclos ni pelotas abandonadas en los patios. Los empleados usan unas luces tipo aeropuerto que van dando pista para tomar el lugar desde el que despegará el amor corporal. Adentro, la habitación tiene todos los elementos que invitan a la imaginación. Aparatos de video, sonido, la barra de pol dance, sillas especiales… Cada establecimiento diversifica y refina esos servicios. El sillón del Tantra, una especie de resbaladera chica forrada con cuero negro, tiene un manual de uso y está registrada en el Instituto Ecuatoriano de la Propiedad Intelectual.
En el bar también se dispone elementos más específicamente amatorios como productos naturales que propician la fuerza y la duración del acoplamiento. Por eso, o por la práctica o por la emoción, al pasillo que atraviesa las habitaciones por atrás, Silvia y Gloria lo llaman “el pasillo de la escuela”. Allí los amantes practican las vocales: “¡ah, ah, ah!”, “¡oh, oh, oh!”. En pocos y tristes casos también se ha repasado la uhh.

En ese ambiente interno, de intensa actividad, las camareras circulan con escobas, baldes, toallas, sábanas, desinfectantes, paños, guantes, platillos, bebidas y preservativos. A ese sitio de movimiento, un poco menos intenso que el que de las habitaciones, las empleadas lo han bautizado como “el pasillo de la selva” debido a efusiones de animal entusiasmo como: “¡Dale mi león!”, “¡Vamos mi tigre!”, “¡Arre mi caballo!”, y algunas especies de aves insólitas, vistosas o endémicas, cuyas virtudes sexuales son un reto para la imaginación.
Cada habitación está bien surtida con vino, comida y varios artefactos sexuales. También se puede ordenar comida a la recepción.
Mauricio estudió Hotelería y Turismo y no imaginó que su carrera le permitiría desarrollar uno de estos servicios. Sin embargo, la ciudad ha diversificado tanto sus costumbres cuanto su apertura hacia este negocio, que ha sido posible darle un nuevo concepto al clásico motel. Desde luego, como en todo, a veces ha habido dificultades, como la ocasión en que cinco universitarios se escondieron y lograron entrar en una sola habitación. El zafarrancho fue de tal magnitud que ocasionaron destrozos y, a pesar de que las habitaciones están diseñadas para que nadie escuche lo que pasa en los otros cuartos, las parejas vecinas no podían concentrarse en lo suyo.

Gloria lleva tres meses en el trabajo de la limpieza. Es madre de tres hijos y nunca ha estado en un motel con su esposo. Por eso, al principio, los gemidos de las parejas la ponían nerviosa. “Es que escuchar de gente ajena es raro”, dice. Pero a todo se acostumbra uno. A tal punto que ahora sí se animaría a ir a un motel con su esposo. A ella le ha tocado atender pedidos de los clientes que no saben cómo funciona el jacuzzi, el control remoto, el sillón… A veces los amantes no han considerado práctico volver a vestirse solo para solucionar estos pequeños problemas y la han recibido desnudos, observándola sin ningún pudor.

Los clientes pueden ocupar las habitaciones por 12 horas, pero alguna vez se dio el caso de una pareja que se quedó durante tres días y canceló una cuenta que superó los 500 dólares. A veces se dan situaciones curiosas con las cajas instaladas en las puertas, que están diseñadas para pagar cuentas y recibir algún pedido del bar o la cocina del motel, sin que las mucamas puedan ver el rostro del cliente. La camarera abre la compuerta y a veces se ha topado con unas partes pudendas que agradecen por la cerveza o el sánduche.
Así es el ritmo de un motel, al otro lado del placer de los quiteños.
Otros sitios de paso
Las habitaciones se reconocen por su número. Las que están ocupadas tienen colgada una factura
Uno de los administradores de los hoteles que funcionan entre la Universidad Central y el Colegio Mejía, dice que ellos no funcionan como motel. Quienes quieran ocupar una habitación necesariamente deben registrarse y por lo general no se renta “para el momento”. Pero al menos siete de diez hoteles de este sector admitieron que sí prestan la habitación solo por un par de horas a las parejas urgidas. Los empleados de los establecimientos se negaron a conversar. “No quiero tener problemas con el dueño, el otro día ya vinieron de la prensa y él les dijo que no. Si digo algo, se va a enojar conmigo”, dice una dependienta. Otro ni si quiera se molestó en pronunciar palabra, sencillamente extendió su mano como si fuera un policía dirigiendo el tráfico, en señal de “vaya nomás”.

En uno de estos lugares, el timbre suena como una alarma para evacuar, su sonido permite a los empleados del hotel saber quién entra y quién sale. Las gradas de madera, al igual que los resortes de las camas metálicas, resultan más que chismosas. Las primeras crujen y las segundas emiten un quejido agudo cuando soportan el peso de un cuerpo. A la habitación no le falta el baño, un foco ahorrador permite apreciar las formas curiosas que la humedad ha formado en las paredes, como una pintura surrealista. Sobre el tanque del inodoro hay una lavacara. Una cortina de plástico, de esas que ofrecen los almacenes chinos, protege la oxidada ducha. Y para que nadie moleste en ese momento de intimidad acá hay la opción de colocarle seguro a la chapa, pasar el picaporte de la puerta y como, para enfatizar la intimidad, colocar la aldaba.

La habitación está decorada con la desgastada fotografía de un ave en Galápagos y un perchero tras el televisor con un par de armadores de plástico. El piso de madera, de uno de los cuartos de hotel del sector del Consejo Provincial luce limpio. En la habitación número 8, los amantes tienen dos horas para ocupar la una o las dos camas. Hasta entrar en calor pueden encender el antiguo televisor de 14 pulgadas, que descansa sobre una mesa enorme que bien podría servir para el comedor. En temas amatorios no hay que dejar a la imaginación fuera del cuarto, así que, quién sabe, habrá quienes sí le puedan sacar provecho a esa robusta mesa de madera. Todo es cuestión de mover el televisor a un lado y ejercer la fantasía.
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